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sábado, 1 de noviembre de 2025

Mano, estoy tratando…


Mano, estoy tratando, de verdad que estoy tratando… 


Este último año ha sido un constante ejercicio de adaptación. Todo lo que pensaba que no iba a cambiar… cambió. Desde la hora de despertarme hasta la hora de cerrar por fin los ojos a (tratar de) descansar. Hace un año, perdí a la persona que hacia de esta casa mi hogar. Y con su pérdida, perdí mucho más. Porque esta casa cada vez está más vacía. 


Quedamos abuelo y yo. Nos quedamos solos ese primero de noviembre. Pasando los días lo más tranquilos posible. Pero estoy seguro que, como yo, se acuerda de tiempos más felices… y más acompañados. Pero al menos nos tenemos el uno al otro al final del día. Y lo cuidaré hasta que no pueda más. Al menos eso trato. Estoy tratando, de verdad. 


La casa no se ve igual, ni su fachada, ni sus muebles, ni sus paredes donde antes había muchas fotos. Fotos que están guardadas porque, ¿para qué acordarse? 


Un año más tarde, aquí estamos en la sala, abuelo recostado en el sofá, y yo escribiendo y desahogándome. Porque, aunque no soy tan relevante o tan visible como antes, sigo estando aquí, y sigo luchando. Porque así me enseñaron, y así seguiré. Porque queda gente por la que luchar. Empezando por mí.


Voy a seguir trabajando, seguir cuidando a abuelo, hasta empecé a estudiar de nuevo… Tengo que seguir haciendo todo lo posible por mantenerme y mantener a los míos a flote… porque eso me enseñó mi mamá. Mi mamá, que no dio ni pidió tregua y sacó a sus hijos adelante. Y lo menos que yo puedo hacer para honrarla es luchar. Porque dicen que “no hay mal que dure 100 años…”


Hoy, como todos los demás días, tocará vivir lo mejor posible, dentro de todo, con la esperanza de un mejor futuro. Porque, en este cuadrilátero llamado vida, uno honra a su maestro poniendo todo en la línea. 


¡Te amo, mamá, y te extraño mucho!

lunes, 17 de septiembre de 2012

El retiro no es "cáscara de coco"

Eran las 4 de la tarde y nuestro jefe nos dijo que era su último día con nosotros. Que le habían certificado sus años de trabajo y ya era momento de irse. Luego de más de 30 años de servicio público. Yo tengo 34 de edad. No son cáscara de coco. Es una vida entera.

Pero pasa muy rápido. Y más cuando estás trabajando. Llega el lunes y ya esperamos con ansias el viernes. Queremos acelerar el tiempo y no nos damos cuenta que al tiempo nada ni nadie lo detiene.

Hubo un momento en el cual la tristeza se hizo presente, y no era para menos. Cuando te despides de un lugar que se convirtió en tu segundo hogar, y de un grupo de personas que eran tu segunda familia, prácticamente es como un sentimiento de duelo. No importa si pasaste infinidad de malos ratos o decepciones. Las experiencias, las alegrías, las amistades, haber dado el máximo de nuestras capacidades... Todo eso duele al momento de irse.

Al momento de darle un abrazo a mi jefe, le dije: "Felicidades. Disfrute su retiro. Descanse mucho. Gracias." Porque no es momento de llorar ni de sentir tristeza. Es momento de reflexionar en lo vivido y ser agradecido por todas las bendiciones recibidas y por la oportunidad de servir al prójimo.

Por mi parte, cuando un ser querido parte, la mejor forma de honrarlo es viviendo sus mayores valores y cualidades. Que su paso por mi vida no haya sido en vano. Así como mi paso por la vida de otros tampoco puede ser en vano. Ningún día puede pasar en vano. En un dos por tres, pasan 30, 35, 40 años y me llegará el momento de decir adiós. En este cuadrilátero llamado vida, llega el momento en que los golpes son demasiados y hay que enganchar las botas. Ojalá ese momento sea de alegría y satisfacción por haber dado "una buena función."