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lunes, 17 de septiembre de 2012

El retiro no es "cáscara de coco"

Eran las 4 de la tarde y nuestro jefe nos dijo que era su último día con nosotros. Que le habían certificado sus años de trabajo y ya era momento de irse. Luego de más de 30 años de servicio público. Yo tengo 34 de edad. No son cáscara de coco. Es una vida entera.

Pero pasa muy rápido. Y más cuando estás trabajando. Llega el lunes y ya esperamos con ansias el viernes. Queremos acelerar el tiempo y no nos damos cuenta que al tiempo nada ni nadie lo detiene.

Hubo un momento en el cual la tristeza se hizo presente, y no era para menos. Cuando te despides de un lugar que se convirtió en tu segundo hogar, y de un grupo de personas que eran tu segunda familia, prácticamente es como un sentimiento de duelo. No importa si pasaste infinidad de malos ratos o decepciones. Las experiencias, las alegrías, las amistades, haber dado el máximo de nuestras capacidades... Todo eso duele al momento de irse.

Al momento de darle un abrazo a mi jefe, le dije: "Felicidades. Disfrute su retiro. Descanse mucho. Gracias." Porque no es momento de llorar ni de sentir tristeza. Es momento de reflexionar en lo vivido y ser agradecido por todas las bendiciones recibidas y por la oportunidad de servir al prójimo.

Por mi parte, cuando un ser querido parte, la mejor forma de honrarlo es viviendo sus mayores valores y cualidades. Que su paso por mi vida no haya sido en vano. Así como mi paso por la vida de otros tampoco puede ser en vano. Ningún día puede pasar en vano. En un dos por tres, pasan 30, 35, 40 años y me llegará el momento de decir adiós. En este cuadrilátero llamado vida, llega el momento en que los golpes son demasiados y hay que enganchar las botas. Ojalá ese momento sea de alegría y satisfacción por haber dado "una buena función."

viernes, 3 de agosto de 2012

En pie de lucha

En este cuadrilátero llamado vida, no puedes pedir tiempo. No te dan tregua, ni la puedes dar. El reloj corre, y hay que aprovechar cada segundo desde ese primer campanazo. 

La introducción...

  
"Haciendo su recorrido hacia el ring, el retador..."

Asomamos nuestra cara hacia afuera de la casa y sabemos de antemano que nos encontraremos con un tumulto de gente metida en carros en un descomunal tapón. Muchos, con demasiadas presiones sobre sus hombros. Con tristeza. Con miedo. Otros, con esperanza. Quizás, sólo con eso. Todo eso está presente en nuestras mentes. Pero aún así, nos encaminamos a la lucha diaria... Orando que no se vacíe una goma.

Suena la campana... 

"Ding, ding"

Ponchamos en el trabajo, entramos al salón de clases, a la oficina del gobierno, al salón de terapias... Y la lucha comienza. 

Toma de arbitro...

La rutina, los problemas, el cansancio, vienen de frente hacia nosotros y medimos fuerzas con ellos, tratando de sacar ventaja y dominar. Hasta otras personas se convierten en nuestros rivales, hasta con una mala actitud.  Empiezan los candados, las llaves y contrallaves. Un trabajo a última hora, una asignación, un cliente difícil, un compañero o compañera de trabajo aún más difícil, son esa "picada de ojos" que nos quita el foco momentáneamente.

Monkey flip y un par de patadas voladoras...


Algunas veces hay gente que nos quiere hacer lucir mal y humillarnos. Estas dos movidas son ejemplo de eso. El abusador de la escuela, el o la recepcionista amargado, el lambón del jefe que no quiere que lo hagan lucir mal, el maestro o maestra que cree saberlo todo... Hay que sacudirse y seguir luchando. 

Pelea fuera del ring...


Y muchas veces, para resolver los problemas, tenemos que "matarnos en la raya" (Héctor el Father voice) (Cuando digo matarnos, no es literalmente). Las circunstancias no serán siempre las mejores. Hay que estar preparado para pelear, por mi educación, por mi desarrollo profesional, por mi felicidad. Por los medios que sean necesarios.

La llave final...



Quizás la apliques tú, o la recibas. Eso es inmaterial. Porque, al fin y al cabo, es sólo una batalla. Son las únicas 24 horas que tenemos en nuestras manos y, en ellas, aprendemos de cada triunfo y cada fracaso. El día no depende tanto de metas individuales, sino de construir una experiencia de vida plena y satisfactoria. Hoy aprendo y crezco porque vivo. Si mañana despierto de nuevo, habrá tiempo para reagruparse e ir por ese toque de espaldas, por los tres segundos. Ganando o perdiendo, soy una mejor persona hoy. ¡Pero no se equivoquen! Hoy es el tiempo de ganar. Éxito, y nos vemos en las luchas. 

"¡Uno, dos, tres! El vencedor es..." 




viernes, 11 de mayo de 2012

La satisfacción del deber cumplido, ¿basta?

"La satisfacción del deber cumplido"...

Cuando uno tiene un trabajo de mucha responsabilidad y poco salario, eso es lo único que queda. Porque nadie, NADIE, es indispensable en ninguna empresa o agencia de gobierno. Te arriesgas a sufrir decepción tras decepción al momento en que decides dar la famosa "milla extra". Sabes, muy en el fondo, que el verdadero pago que recibirás por tu esfuerzo es... la satisfacción del deber cumplido. Bla, bla, bla.

Es que, si lo analizas bien, nada hace sentido: te levantas a una hora totalmente inhumana, desayunas (si lo haces) a las millas, para luego meterte en sendo tapón, escuchando cuánta mala noticia recortaron del periódico los de la radio... Entonces llegas ajora'o al trabajo a ponchar, para encontrarte con los mismos 4 gatos que van todos los días, todos los días (como Pizza Hut) a solicitarte servicios con los documentos incompletos.... que ya le has dicho 7 veces que no los tienen completos y no se los vas a recibir, ñeta. Lo último lo dije en mi mente, por si acaso.

Un momento, no se equivoquen... Le agradezco a Dios por tener trabajo en una época tan mala como esta. Puedo proveer para los míos y eso es muy importante. El problema que el trabajo no solamente debe proveer dinero, sino satisfacción personal y progreso profesional. Yo firmé, como dicen por ahí, "pa' 40"... ¿40 años? ¿Haciendo lo mismo? Si fuese haciendo el amor, estaríamos gozando pana mío, pero trabajando en lo mismo, eso no era. Y ganándote centavos, mientras un montón de pelañemas con una décima parte de la inteligencia que yo tengo... en la uña del dedo pequeño de mi pie izquierdo... se embolsillan obscenas cantidades de dinero y no defienden a la clase trabajadora. Y seguirá así ya que iremos a perpetuar nuestras miserias a fuerza de cruces y escrutinios fatulos.

¿Y las uniones? Bien, gracias. Cobrando primas, y si los dejas, te cobran las sobrinas y las hermanas. ¿Así quieren crear conciencia sindical en las nuevas generaciones de empleados públicos? ¿Cada uno con su finquita aparte? Y al final, ¿qué queda? La dichosa satisfacción del deber cumplido... que no me paga la compra ni la casa. Pero está ahí, recordándote que lo verdaderamente importante y valioso en este mundo, casi siempre, es invisible a los ojos y no se le puede poner un número.

Esa satisfacción por el deber cumplido es la que me dará el empujón para salirme de la cama y servir a quién se lo merezca y a quién no. No importa si no hay convenio colectivo, si tus superiores no te apoyan, si te ganas varios enemigos, si ganas menos que en un fast food, si dicen que eres igual de vago que los demás empleados de gobierno... Nada como saber y sentir que cumpliste con tu deber. Es lo único que queda. Es lo único que hace falta.

"Buenos días. ¿En qué le puedo servir?"